Para enero, el Estimador Mensual de Actividad Económica (Emae), que dio a conocer la semana pasada el Indec, arrojó un crecimiento interanual del 2,9%, mientras que la variación desestacionalizada con respecto a diciembre mostró un dato positivo del 0,3%. Entre los 15 rubros que conforman la muestra, el de la Industria Manufacturera es el de mayor incidencia en el alza con una mejora del 7,1%. El único rubro que no creció fue el de Agricultura, Ganadería, Caza y Silvicultura.
En paralelo, el dato de desocupación, que fue publicado a mediados de mes, reveló una nueva caída en el índice, una mejora en el empleo y hasta en la tasa de actividad. Todo parece ir hacia arriba en el plano laboral. Allí se conoció que para el último trimestre de 2022 la desocupación fue del 6,3%, frente al 7% del mismo período del año anterior. De hecho, 2022 es el año en el que se verifica el mayor número de incorporaciones de personas (en términos netos) al empleo asalariado registrado privado desde 2009 (período en el que se inicia la serie estadística). En efecto, entre diciembre de 2021 y diciembre de 2022, el trabajo asalariado registrado privado se incrementó en 263 mil personas. Allí hubo cuatro rubros que impulsaron la mejora: Comercio (25% del total del empleo creados entre diciembre de 2021 y diciembre de 2022), Construcción (21%), Industria (17%) y Hoteles y restaurantes (16%). Si se suman los 202 mil creados en 2021, casi equivale a la destrucción de empleo de los tres años anteriores.
Hay que considerar que el total de trabajo registrado suma 13 millones de personas, de los cuales 6.276.000 son privados. El resto se distribuye entre empleados del sector público, monotributistas, autónomos y trabajadores de casas particulares (registrados). Entre todas las categorías de empleo formal sumaron en 2022, 608 mil nuevos puestos, lo que implica que dos tercios de esa cifra se crearon por fuera del sector privado (empresas): o al revés, sólo 1 de cada 3. De hecho, los monotributistas siguen creciendo y sumaron 295 nuevos CUIT el año pasado y quedaron liderando la creación de empleo por categoría.
Esa generación de empleo fue finalmente clave en el último índice que dio a conocer la semana pasada el Indec y que fue el de pobreza. Sin esos nuevos ingresos logrados por las familias el resultado de la pobreza hubiese sido aun peor.
¿Pero por qué con casi pleno empleo crece la pobreza? El flamante fenómeno que se consolida en Argentina tiene que ver con un cambio de paradigma. Décadas atrás, conseguir un trabajo era sinónimo de salir de la pobreza y mejorar la calidad de vida. Desde hace un tiempo a esta parte, con una flexibilización de hecho de las condiciones laborales, esa garantía se rompió. Primero, quienes estaban “en negro” eran quienes quedaban con frecuencia debajo de la línea de pobreza, pero en los últimos años hay cada vez más trabajadores registrados pobres.
Entonces, la pérdida de ingresos de la fuerza laboral fue dramática y hoy hace que no haya una respuesta cuantitativa posible en lo laboral para resolver la pobreza, sino que se impone una salida que se enfoque fuertemente en la calidad del empleo y de sus niveles de ingresos.
Del otro lado, si no hay un control frente al proceso inflacionario, será difícil torcer ese declive que muestra en general el conjunto de personas con ingresos fijos de la Argentina.
Sin más, en enero, que es el último dato oficial disponible, el salario creció 4,7% promedio contra el 6% de inflación. Pero, a su vez, el rubro alimentos aumentó 6,8%, más de 2 puntos porcentuales por encima de los ingresos.
En ese primer mes del año, el acumulado inflacionario de los últimos 12 meses fue del 98,8%; mientras el salario privado registrado promedio subió 93,7, el ingreso de los privados no registrados aumentó 72% y los haberes del sector público tuvieron una mejora del 101,3% y fueron los únicos que les ganaron la corrida a las góndolas.
Como la pobreza y la indigencia en Argentina se miden por canastas, esto hace que cada vez haya más personas en esas condiciones porque sus ingresos pierden terreno. De hecho hay un dato contundente en el último informe del Indec: las personas pobres son el 39,2% de la población y viven en horares con ingresos promedio de 83.758 pesos (a diciembre) cuando la línea se ubicaba en $131.807. Eso implica que requerirían, en promedio, de una recomposición del 57% para alcanzar el nivel de la línea de pobreza. Por el contrario, la de indigencia se ubicó en $57.239, lo que muestra que el ingreso promedio de los salarios pobres está más cerca de esa línea que de salir de la pobreza.
En ese proceso hay un dato preocupante: la franja más vulnerable de la población se sostiene en gran parte por la ayuda social, sin embargo, los ingresos que inyecta allí el Estado pierden fuerte contra la inflación. Es decir que el sostén se debilita cada vez más. En el caso de la AUH, el valor del segundo semestre de 2022 cayó 9,7% con respecto a un año antes; la Tarjeta Alimentar, casi 10%; y la jubilación mínima, otro 5%.
En esa pendiente, el dato más destacado de la fragilidad social es sin dudas el de los niños y adolescentes: el 54,2% es pobre.

