La figura de Raúl Alfonsín está indisolublemente ligada a la política. Si tuviéramos que precisar a cuál de las tantas acepciones de la política asociar la figura de Alfonsín, tal vez la más ajustada a su modo de concebir y ejercer la política sería la definición de Hannah Arendt, cuando sostenía que "la política se basa en el hecho de la pluralidad".
Reconocer ese contexto diverso y heterogéneo, importa asumir que las sociedades se desarrollan en marcos de conflictos, tensiones y pugnas de intereses, frente a lo cual es necesario garantizar la deliberación pluralista y evitar toda voluntad hegemónica de imposición, uniformidad y dominación de una parte sobre el conjunto de la sociedad.
Construir la política desde esa perspectiva, significa leer correctamente los disensos precedentes, distinguir contradicciones principales y secundarias, y avanzar, a través del diálogo, en la búsqueda de consensos democráticos que prioricen procesar y resolver constructivamente distintos desacuerdos.
Consensos democráticos
La incansable y perseverante búsqueda de consensos democráticos, quizás haya sido la mayor virtud política de Alfonsín. Propios y ajenos reconocen en su figura un digno representante de la política como vocación, quién ponía la misma energía en defender sus convicciones como en respetar las de sus adversarios, a los cuales nunca les dispensó el trato del enemigo. Alfonsín no persiguió imponer sus ideas, sino que buscó persuadir con argumentos. Luchó apasionadamente y con tenacidad por esas ideas, pero jamás se permitió la rigidez de los fundamentalistas. Hizo de la tolerancia un hábito, del respeto una consigna y del diálogo una conducta.
Ese cúmulo de ideas políticas que profesó cívicamente Alfonsín a lo largo de su trayectoria vital, tenían en su centro neurálgico la defensa de la dignidad del ser humano, a quien se le debía garantizar en una república democrática el ejercicio pleno de sus derechos civiles y políticos, pero también el de sus derechos económicos, sociales, culturales y ambientales. Para alcanzar esos objetivos Alfonsín entendía que era imprescindible que el país asumiera la necesidad de modernización de sus estructuras, el fortalecimiento de una democracia participativa con mayor protagonismo de la ciudadanía y promover la ética de la solidaridad.
Resultaba ineludible, entonces, generar una democracia con el poder suficiente para enfrentar el corporativismo reaccionario que conservaba irritantes privilegios, fuente de profundas desigualdades que fragmentaron históricamente a la sociedad argentina, causando enfrentamientos irreductibles que imposibilitaron un proyecto de unidad nacional con desarrollo equitativo, crecimiento compartido y un orden democrático que conjugue libertad, igualdad y justicia social. Asignaturas pendientes que, hoy, requieren vocación de diálogo, deponer sectarismos e impugnaciones personales y asumir el desafío de la democracia como construcción colectiva.
Días atrás, el embajador Marcelo Stubrin cerró un homenaje a Raúl Alfonsín por el 10° aniversario de su fallecimiento, diciendo que su recuerdo no está hecho de ni de bronce ni de mármol, sino de ideas. Y seguramente allí resida el mejor legado de Alfonsín. En la vigencia de sus ideas y no en la nostalgia de su recuerdo.
Rodrigo López Tais - Abogado. Docente
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Construir la política desde esa perspectiva, significa leer correctamente los disensos precedentes, distinguir contradicciones principales y secundarias, y avanzar, a través del diálogo, en la búsqueda de consensos democráticos que prioricen procesar y resolver constructivamente distintos desacuerdos.
Consensos democráticos
La incansable y perseverante búsqueda de consensos democráticos, quizás haya sido la mayor virtud política de Alfonsín. Propios y ajenos reconocen en su figura un digno representante de la política como vocación, quién ponía la misma energía en defender sus convicciones como en respetar las de sus adversarios, a los cuales nunca les dispensó el trato del enemigo. Alfonsín no persiguió imponer sus ideas, sino que buscó persuadir con argumentos. Luchó apasionadamente y con tenacidad por esas ideas, pero jamás se permitió la rigidez de los fundamentalistas. Hizo de la tolerancia un hábito, del respeto una consigna y del diálogo una conducta.
Ese cúmulo de ideas políticas que profesó cívicamente Alfonsín a lo largo de su trayectoria vital, tenían en su centro neurálgico la defensa de la dignidad del ser humano, a quien se le debía garantizar en una república democrática el ejercicio pleno de sus derechos civiles y políticos, pero también el de sus derechos económicos, sociales, culturales y ambientales. Para alcanzar esos objetivos Alfonsín entendía que era imprescindible que el país asumiera la necesidad de modernización de sus estructuras, el fortalecimiento de una democracia participativa con mayor protagonismo de la ciudadanía y promover la ética de la solidaridad.
Resultaba ineludible, entonces, generar una democracia con el poder suficiente para enfrentar el corporativismo reaccionario que conservaba irritantes privilegios, fuente de profundas desigualdades que fragmentaron históricamente a la sociedad argentina, causando enfrentamientos irreductibles que imposibilitaron un proyecto de unidad nacional con desarrollo equitativo, crecimiento compartido y un orden democrático que conjugue libertad, igualdad y justicia social. Asignaturas pendientes que, hoy, requieren vocación de diálogo, deponer sectarismos e impugnaciones personales y asumir el desafío de la democracia como construcción colectiva.
Días atrás, el embajador Marcelo Stubrin cerró un homenaje a Raúl Alfonsín por el 10° aniversario de su fallecimiento, diciendo que su recuerdo no está hecho de ni de bronce ni de mármol, sino de ideas. Y seguramente allí resida el mejor legado de Alfonsín. En la vigencia de sus ideas y no en la nostalgia de su recuerdo.
Rodrigo López Tais - Abogado. Docente

