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Malvinas, entre el heroísmo, los errores y el dolor

Por Pablo Wehbe. Doctor en Relaciones Internacionales – profesor UNRC-UNVM

El 2 de abril de 1982 la sociedad argentina no salía de su asombro: 48 horas después de una marcha de la CGT violentamente reprimida, el dictador Galtieri informaba: “Hemos recuperado las Islas Malvinas”. Probablemente el mandatario creyó que las multitudes que salieron a celebrarlo estaban avalándolo a él y que el llamado “Proceso” estaba reci-biendo una rejuvenecedora transfusión.

Pero todo tiene un origen; en noviembre de 1981, con el apoyo del almirante Anaya (en lo que se llamó el “Pacto Siniestro”), Galtieri había logrado remover a Roberto Eduardo Viola (con la excusa de sus problemas de salud). Anaya canjeó su apoyo a Galtieri en la Junta Militar a cambio de establecer prioridades de política exterior: no se deberían tolerar más dilaciones británicas y ni aceptar la propuesta papal sobre el Canal de Beagle. En esa línea, se designó al excanciller de Onganía, Nicanor Costa Méndez, en el Palacio San Martín.

Pensaban que se le estaba haciendo un favor al Reino Unido ante los costos de mantenimiento de las Islas: gritarían, se enojarían, pero nada más.

Los días pasaron. Se produjo el desembarco luego de una crisis en las islas Georgias del Sur, donde fuerzas inglesas amenazaban con expulsar a obreros argentinos en Puerto Leith. Pero en el ínterin, tanto la Cancillería como la Junta Militar evidenciaron varias cosas, a saber: 1, no conocían el mundo en el que estaban; 2, subestimaron la reacción del Reino Unido y de Estados Unidos de América; 3, sobreestimaron el apoyo del bloque socialista; 4, ni siquiera manejaban las estrategias en la Organización de las Naciones Unidas.

1. Ni Cancillería ni la Junta Militar entendieron que la llegada del republicano Ronald Reagan a la Casa Blanca, el 20 de enero de 1981, estaba llevando al mundo a un nuevo capítulo de la guerra fría; de hecho, Reagan llamó a la URSS “el Imperio del Mal”. En ese contexto, la tensión entre ambos bloques convertía a Thatcher en la única aliada norteamericana en Europa, ante un indetenible avance socialista en varios países. No, Reagan no iba a abandonar a su suerte a su amiga y neoconservadora -como él- Thatcher.

2. Tanto Costa Méndez como la Junta Militar pensaban que se le estaba haciendo un favor al Reino Unido ante los costos de mantenimiento de las Islas: gritarían, se enojarían, pero nada más. Además, en el peor de los casos, EE.UU. se mantendría neutral, pues Argentina estaba haciendo el “trabajo sucio” en Centroamérica, enviando asesores militares a Honduras en contra de Nicaragua. En realidad, se partía de la base de un apoyo de Washington a Argentina.

Como parte de esa sociedad que miró para otro lado durante muchos años, solamente puedo pedir perdón. Perdón por lo que pasó.

3. Ni la Unión Soviética ni China iban a jugarse por un país cuyo Gobierno era conocido en el planeta por perseguir a sus propios ciudadanos con la excusa de “eliminar al terrorismo marxista”; lo máximo que hicieron fue manifestarse verbalmente a favor de la Argentina y abstenerse en el Consejo de Seguridad.

4. El embajador argentino ante la ONU, el abogado Eduardo Roca, desconocía la Carta de la ONU y, por ello, no acertó a adelantarse a las estrategias británicas de llevar el asunto al Consejo de Seguridad. No tuvo la capacidad de evaluar el daño que la presencia argentina en Centroamérica estaba produciendo en el llamado Tercer Mundo, lo que hizo que sola-mente Panamá apoyara a Buenos Aires en la condena del 3 de abril en el Consejo de Seguridad (Resolución 502).

Pero Cancillería tampoco tuvo la capacidad de interpretar que la Resolución 502 -que ordenaba el retiro de las fuerzas argentinas- no establecía el retorno del Reino Unido, con lo que se podría haber dejado a las Islas bajo administración de la ONU. Estratégicamente habría sido muy duro para el Reino Unido esa situación, pues allí cualquier maniobra británica implicaría una desautorización -y enfrentamiento- con la ONU, entidad de la que Londres es uno de los máximos responsables para “mantener la paz y la seguridad internacionales”.

En ese contexto, el 10 de abril se produjo el “Síndrome de la Plaza”: la multitud convocada por Radio Rivadavia y la dictadura para impresionar al secretario de Estado de EE.UU. Alexander Haig, hizo creer a Galtieri que era la reencarnación de algún gran líder histórico; se creyó héroe popular y, prudentemente abandonado en el balcón por Anaya y Lami Dozo, invitó al Reino Unido a una confrontación bélica.

Lo demás ya es conocido; soldados que combatieron como titanes, héroes que quedaron en el Atlántico Sur o en el helado suelo malvinense, mientras las cúpulas castrenses estaban bien arropadas y con calefacción central en Buenos Aires. Y con bastante whisky. En el medio, gran parte de la sociedad argentina pendiente del Mundial de España…

Parafraseando a Víctor Heredia en “Aquellos soldaditos de plomo”, cabría preguntarnos “qué nos pasó, cómo ha pasado; qué ladrón nos ha robado la ilusión del corazón. Creo que quiero cerrar los ojos, para no ver los despojos de lo que tanto amaba entonces”. La dictadura tuvo no su canto de cisne, sino el graznido de un cuervo. La derrota en Malvinas definió el fin de la pesadilla, pero la Democracia reconquistada evidenció que las mezquindades políticas imposibilitaron conformar una política exterior de Estado que generara la estrategia para acorralar al Reino Unido.

Mientras tanto, la sociedad entendió que quienes estuvieron en Malvinas no fueron “chicos de la Guerra” ni estuvieron “iluminados por el fuego”; fueron jóvenes que, puestos por la vida y por un gobierno de asesinos en un trance histórico, estuvieron a la altura. Me pongo de pie ante ellos, frente a quienes quedaron, quienes volvieron y quienes decidieron partir voluntariamente.

Como parte de esa sociedad que miró para otro lado durante muchos años, solamente puedo pedir perdón. Perdón por lo que pasó; perdón por tanto silencio; perdón por el olvido. Perdón por no haber entendido que la soberanía se reivindicará con la paz y la verdad; con la guerra, NUNCA MÁS.

Por Pablo Wehbe. Doctor en Relaciones Internacionales – profesor UNRC-UNVM

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