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La Sociedad Italiana de Ballesteros festeja 100 años de eventos y cultura

Fundada el 12 de octubre de 1918 por los primeros inmigrantes, es la institución más antigua del pueblo. Su presidente, Diego Garaffo, habló del actual saneamiento y de los tiempos en que estuvo a punto de desaparecer

Es un hecho: en ese inmenso galpón a dos aguas de bulevar Roque Sáenz Peña nació la cultura de Ballesteros. En su escenario de moldura semicircular se pusieron las primeras obras de teatro que conoció el pueblo y se dieron los primeros recitales a sala llena cuando aún no había amplificadores. Allí nacieron las primeras tómbolas y cenas multitudinarias; las primeras veladas, cumpleaños de quince y fiestas de la promo. Allí se fundó la primera banda de música y, con el tiempo, el primer cine. En su sala inmensa con una roseta blanca en el techo (tenuemente iluminada de rojo y verde cuando se apagaban las luces, homenaje lumínico a la vieja patria “tana”) el pueblo vio los clásicos de Hugo del Carril y de Fellini, los westerns de John Wayne y Terence Hill, las películas de Sandrini y Libertad Lamarque. Y los chicos, en interminables matinés de domingos, a Carlitos Chaplin y al Ratón Mickey.

Galpón de ladrillos y de ensueños 

La gente del pueblo aún recuerda que, antes de la fundación de los Bomberos en el año ochenta, el ruido más potente no era el de la sirena sino el de las bombas del cine; esas explosiones de fogueo que anunciaban la película en la Sociedad Italiana del mismo modo que las campanas anuncian misa. Sólo que aquella estridencia era infinitamente más preciosa. Y allí, en el hall de entrada y con las “damas de la comisión” vendiendo pastillas de menta y chocolates, las señoras del pueblo lucían sus gamulanes imitación chinchilla y los hombres sus trajes impecables; esos que sólo se usaban en las fiestas y en los velorios. Y así, entre el aroma del maní con chocolate, los blancos “caramelos” de naftalina y el cálido vaho de los gamulanes unido a las colonias femeninas, se producía un halo evanescente tan único como irrecuperable. 

Y luego, cuando en el “intervalo” las mujeres hacían “sociales” en el hall charlando con las vecinas, los hombres “bajaban” al bufet a tomarse un vermouth con los amigos en tiempos en que no había heladeras; sólo inmensos “bebederos” de latón repletos de hielo. Allí, los hermanos González de la sodería del pueblo, despachaban rojizos o dorados vasos de aperitivo; helado cócktail de la felicidad. 

Con el tiempo llegarían las “estudiantinas” del colegio secundario con los chicos ensayando “sketches” para el 21 de septiembre; las cenas de la promoción con la juventud dorada en plena efervescencia; y el Baile de las Quince Primaveras y algunos recitales de lujo, como aquel que diera en 1974 Rubén Juárez, hijo dilecto del pueblo, en pleno auge de su carrera artística.

Sin embargo, todo ese edificio de ladrillos y de ensueños estuvo a punto de naufragar como un barco al que le entraba agua por todos lados. Y la metáfora es casi una descripción edilicia del viejo galpón. Porque la Sociedad Italiana se empezó a llover por todas partes y no había presupuesto para arreglarla. Y con la llegada de los años noventa, casi no hubo actividad en su escenario circular. Fue la peor época de la “Trento y Trieste”, pero también de todas las asociaciones de socorros mutuos. El país entraba en un “modo de existir” en donde ya no tenía sentido la cultura popular ni la solidaridad de las colectividades. Esos parámetros se habían cambiado por la “ambición empresarial” y la “educación privada”. 

Hasta que un día, el Inaes (Instituto Nacional de Activismo y Economía Social), vino al pueblo dispuesto a dar de baja la institución que, según decían, hacía años no funcionaba.

“Tuvimos que demostrarle al Inaes que, con menos actividad que en sus comienzos, nuestra Sociedad Italiana seguía funcionando, que nunca había dejado de existir” comenta Diego Garaffo, su presidente desde 2007; precisamente el año de la inspección.

Diego y los libros 

“Así que nos tocó la peor parte. Porque esta Secretaría estuvo cerrada mucho tiempo y acá entró gente a saquear. Rompieron la puerta, se robaron libros y documentos históricos e incluso prendieron fuego –dice Garaffo señalando los restos imaginarios de una hoguera en el centro mismo de la oficina-. Por suerte cuando llegamos, se pudo recuperar algo; son los libros más antiguos que tenemos. Nos faltan algunos pero acá está el acta del primer socio fechada el 12 de octubre de 1918, el día de nuestra fundación”.

Y entonces leo, en apagada tinta centenaria, el nombre de “Giuseppe Dáneo, de 48 años de edad nacido en Torino y de profesión “dottore en Medicina”; registrado como “stato ammesso a far parte della societá in qualitá di socio onorario”. Cierro el libro, enciendo el grabador y empiezo la entrevista.

-¿Y cómo es, Diego, que llegás a ser presidente?

-Fue porque la gente de la comisión anterior no quería saber más nada con la Sociedad Italiana. Habían renegado mucho. Y como mi viejo era el vicepresidente, me preguntó si no quería armar una lista. Así que la propuse y nos votaron. Apenas entramos, tuvimos muchos problemas legales con Córdoba y Buenos Aires. Así que tuvimos que buscar cartas de recomendación por todos lados. Sobre todo de las instituciones del pueblo, que se portaron de diez con nosotros. Tanto la Municipalidad como  la Cooperativa, los Bomberos y la escuela. También muchas sociedades italianas vecinas, como la de Villa María y la de Bell Ville. Todas certificaron que existíamos, que hacíamos actividades, que de algún modo éramos parte indisoluble del pueblo. 

-¿Y qué les dijo el Inaes?

-El Inaes nos había suspendido la matrícula porque el último pago que ellos registraban era de 1980. Y teníamos que demostrarles que nunca habíamos desaparecido. Entonces vino la inspección de Buenos Aires apenas entró nuestra comisión. Me acuerdo que era una abogada y una licenciada. Y al ver las instalaciones y comprobar que teníamos todos los papeles en orden, nos autorizaron a seguir con la matrícula 131, el mismo número de siempre. Y acá estamos.

-Sin embargo, no fue la única vez que la Sociedad Italiana estuvo al borde de la desaparición ¿no?

-No. Hubo una comisión muy buena a fines de los ´80 presidida por el “Negro” Valle. En ese tiempo, estuvieron a punto de rematarla. Pero gracias a Graciela Sánchez y a su suegro, el “Chola” Martellono, que era intendente, se la pudo rescatar. Hasta que después ocurrió todo eso que te cuento.

-¿Y qué pensás al respecto?

-Que fue una pena lo que pasó con muchas sociedades italianas del país. La de Villa María, por ejemplo, perdió el Teatro Verdi y los terrenos del Howard Johnson. Y eso es muy injusto. Porque son instituciones que dieron mucho a la cultura del país y recibieron muy poco. Casi te diría que ninguna ayuda. A nosotros nos podría haber pasado como a ellos y hoy este salón ya no sería más nuestro. Pero sé que ellos, en Villa María, con Mario “Chochi” Trento, hicieron un gran trabajo de saneamiento muy parecido al nuestro.

-¿Y cómo están con el número de socios, las actividades y el mantenimiento?

-Estamos en los 110 socios que pagan una cuota de 100 pesos anuales. Es poco pero ayuda mucho. Nuestro fuerte sigue siendo el alquiler del salón para eventos; ya sean cumpleaños de quince, fiestas de promoción, bailes de los quince o la “Estudiantina” del colegio. En lo que se refiere al mantenimiento, lo que más hicimos desde diez años a esta parte fue arreglar los techos. Este edificio tiene cien años y se llovía mucho. Pero todavía falta.

-¿Han pedido ayuda?

-De hecho, venimos de pedir un subsidio y esperamos que nos salga a fin de año. El intendente nos ayudó todo lo que pudo, pero es mucho lo que necesitamos arreglar todavía. En cuanto a las actividades propias, hace 8 años que damos patín artístico a niñas con la profe Lucía Cerutti, que ha ganado muchos premios en la especialidad. También hay eventos de ballet y la fiesta del jardín de infantes. En la última estudiantina hubo mil cien personas.

-Y esta noche habrá otras tantas en la cena más importante de toda su historia ¿no?

-Esperemos que sí. Al menos, la mayoría de las entradas ya están vendidas. Vendrá incluso gente que ya no está en el pueblo. Porque este lugar está muy ligado al sentimiento de muchos ballesterenses. Ya sea por la estudiantina, el baile de la promo o de las quince primaveras. En fechas como estas, todos vuelven...

Matinés contra el olvido

-¿Tu balance en estos diez años?

-Estuvieron a punto de hacernos desaparecer pero no pudieron. Nunca bajamos los brazos y acá estamos, sobreviviendo; recuperando de a poco una buena parte de nuestra historia y la del pueblo.

Y como si fuera un subrayado de sus últimas palabras, Diego me muestra “los libros de la buena memoria”, las actas añejas donde aparecen los primeros apellidos italianos de Ballesteros y que aún resisten; firmando las primeras páginas de socios: los Dáneo y los Bollo, los Basile y los Viutti, los Davicco y los Albiero, los Cacciavillani, los Milauro y los Licheri. Y también los Garaffo, esa familia venida hace cien años de la lejana y triangular Sicilia.

Cierro el libro más antiguo de Ballesteros y su aliento a papel viejo y gamulanes me trae el recuerdo fugaz de aquellos matinés de la memoria, donde tras las bombas el pueblo se callaba. Y es que, en su pantalla mayor, Chaplín nos hablaba en el lenguaje del silencio. Con la mímica del sentimiento al centro mismo de los corazones en películas que tenían cien años. Y algo parecido pasará esta noche en el salón más antiguo, cuando las viejas bombas del recuerdo exploten en la mente silenciosa de los comensales; esos que alguna vez vinieron al cine o a los bailes de quince o de la promo y empezaron a enamorarse en tardes irrepetibles. Eso. Silenciosas bombas estallando en el recuerdo. Cohetes de la memoria. Verdes y rojas cascadas de fuegos iluminando, durante toda noche, el cielo oscuro del olvido.

Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.

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