Los sucesos del miércoles 6 de enero sacudieron la raíz misma de la sociedad norteamericana. La dirigencia política, los periodistas, los embajadores extranjeros... Nadie salía del asombro de lo que, pensaban, era una “súbita manifestación de locura colectiva”. Nada más lejos de la realidad.
Las sociedades tienen bolsones de intolerancia, que muchas veces se ocultan detrás de lo “políticamente conveniente” o, sencillamente, de lo que el propio grupo de pares estaría dispuesto a aceptar. Pero cuando desde el poder se blanquea como legítimo o deseable aquello que hasta no hace mucho era rechazado, las “fuerzas ocultas” dejan de estarlo y se muestran con fuerza desafiante ante el resto.
Estados Unidos de América del Norte no fue la excepción. Una sociedad que periódicamente estalla en muestras de racismo, xenofobia y violencia, encontró en Donald Trump a un vocero perfecto. Su desenfado, su estilo grosero, machista, vulgar, autoritario, contras-taba con la tradición de Washington, esa capital tan detestada por los ciudadanos del inte-rior, muchas veces sin voz. Quien se sorprendió el pasado miércoles fue porque no tuvo la capacidad de ver todo el cuadro. Un Presidente avalando al Ku-Klux-Klan, a los supremacistas blancos, lamentando la muerte de personas de color pero, acto seguido, felicitando a “las fuerzas de la Ley y el Orden”. Se pasó dos meses desconociendo su propia derrota, inventando un fraude que sólo vio él, y desde el lunes 4 instaba por redes sociales a “manifestarse salvajemente” (sic) frente al Capitolio “para que los Legisladores escuchen al pueblo”.
Este Trump obtuvo el pasado 3 de Noviembre 4 millones de votos más que hace 4 años. Quiere decir que, indudablemente, su estilo y sus políticas fueron -y son- reivindicadas por mucha gente que claramente ya no se siente contenida ni interpretada por los viejos partidos, el Republicano y el Demócrata. Sí, tampoco el Republicano, porque hoy ese “Viejo Gran Partido” está virtualmente herido de gravedad y solamente tiene dos caminos: echar a Trump -con el riesgo político que ello implicaría para las venideras elecciones-, o continuar con un seguidismo suicida, como proponen los Senadores Josh Hawley, Ted Cruz y Ron Johnson, coautores de la tentativa de golpe de Estado al pretender impedir la proclamación de Biden-Harris.
Por todo ello, es muy difícil sugerir o proponer qué hacer con un irresponsable al frente de la Casa Blanca. Pero no hay que confundirse; lejos está Trump de ser una persona limitada. Es mucho más inteligente y peligroso de lo que habitualmente pueda suponerse. Frente a este panorama, se plantean, entonces, algunas alternativas a modo de interrogaciones:
1- ¿Debe ser destituido el Presidente Donald Trump? A juicio de quien esto escribe, hasta por el simbolismo que implicaría alejarlo de la Casa Blanca a diez días de dejar formalmente el cargo, sí debería destituírselo, pues no puede quedar impune el ejemplo de incitar a la violencia y luego permanecer como un testigo más;
2- ¿Puede hacerse desde lo jurídico y constitucional? Sí. Podría aplicarse la XXV Enmienda, que prevé la posibilidad de que el Vicepresidente, junto con la mayoría del Gabinete, informen al Senado que el Presidente no está en condiciones de continuar gobernando, con lo que el poder pasaría automáticamente a Mike Pence. Si, como se presume, el vicepresidente no desea pasar a la historia como un “traidor” y no hace uso de la Enmienda, queda el Juicio Político. Podría el Lunes la Cámara de Representantes formular la acusación con mayoría simple, a partir de la imputación de “posible fomento de la sedición” y “atacar la Constitución al tratar de socavar los resultados legales de una elección realizada legalmente”. El Senado podría tratarlo con rapidez. Hoy, de hecho, hay Senadores Republicanos que estarían dispuestos a votarlo;
3- Políticamente, ¿sería el paso correcto? Aquí, los argumentos se dividen. Desde la frialdad jurídica, está claro que Trump cruzó una línea roja al incitar a una turba a manifestarse frente a -y en contra de- los legisladores. Más grave fue su no condena posterior a los hechos, y su “comprensión” respecto de “cómo se sentían frente al robo de una elección ganada”, para concluir con un “los amo”. Sí, argumentos para echarlo sobran.
Pero, ¿no se lo convertiría en un mártir, que es lo que probablemente esté buscando, para limitar aún más al Partido Republicano y condicionar al extremo al todavía no iniciado Gobierno de Joseph Biden? Es un riesgo que tal vez no sería bueno correr. Si una turba que asaltó al Capitolio, llevando la bandera racista de la Confederación, se manifestó sólo porque no estaban de acuerdo con un resultado electoral, es fácil imaginar lo que podría pasar si ese flamante Dios es destituido.
Y para postre -como si fuera poco todo lo anterior-, se corre el riesgo de que Mike Pence lo indulte, con lo cual cualquier posterior imputación penal por sus irresponsables actos desde el Gobierno quedarían impunes.
Como se ve, ninguna decisión será fácil de tomar ni sus consecuencias claras. Sí hay algo que debe decirse: ni Richard Nixon se atrevió a tanto. Cuando supo que quedarse un día más en el cargo implicaba desafiar a la Corte Suprema, estampó su firma en el escrito de renuncia.
Pero a Donald Trump la historia no le interesa. El problema es que tampoco la conoce. Como tampoco conoce la Constitución ni la propia historia del Partido Republicano.
Por Pablo M. Wehbe
Doctor en Relaciones Internacionales. Profesor UNRC-UNVM

