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Casona Sobral: el hogar de una familia por donde hoy circula la cultura

El doctor Antonio Sobral adquirió la casa en 1949 y llevó a toda su familia y a la de sus dos hijas a vivir allí. Llegaron a compartir el lugar 18 personas. Fue un policonsultorio y hasta el Conservatorio funcionó allí. Hoy es la Usina Cultural

Lo que hoy es la Usina Cultural fue hasta hace no muchos años el hogar del doctor Antonio Sobral. El reconocido abogado y educador vivió allí junto a su familia. En la década del ‘60 llegaron a compartir el hogar más de dieciocho personas. Hermanos, hijos y nietos de Sobral le dieron vida a una casa abierta a la comunidad y repleta de historias.

Antonio Sobral fue una figura preponderante en la historia local. Presidió la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia y fundó el instituto secundario de homónimo nombre. Fue padre de Norah y Aracilde.  Ellas se casaron con Héctor Ponce y  Roberto Bixio respectivamente, y en total tuvieron cinco hijos. Ambas familias convivieron durante muchos años junto a Sobral, su esposa y sus hermanos. 

“Nuestro abuelo nos llevó a vivir a todos ahí, era muy generoso, en un momento llegamos a ser dieciocho personas, entre tías, tíos y nietos. Fue una experiencia hermosa”, relató Adriana Ponce, nieta del educador. “Era una casa muy abierta, siempre había mucha gente. Mi abuelo estaba completamente dedicado a la educación, entonces muchos docentes desfilaban por la casa constantemente”,  rememoró. 

La casona fue adquirida por Sobral a fines de la década del ‘40 y pocos años más tarde llevó a su extensa familia a vivir con él: “Arriba estaban los dormitorios, abajo pasando el hall a la izquierda se encontraba el comedor y continuando lo que nosotros llamábamos el ‘office’, el lugar donde comíamos los niños”. Y continuó: “Al lado del comedor, separado por una puertaventana, estaba el dormitorio de dos tías nuestras que no podían subir escaleras porque estaban en sillas de ruedas”. La casa se completaba con dos oficinas al frente que eran ocupadas por los padres de Adriana y, por supuesto, Antonio Sobral. 

Su relato parece el guión de una película que describe de manera muy vívida algunas costumbres de la época y características específicas de la personalidad de Sobral. “Si vos me preguntas qué aprendizaje me deja la casa viviendo con tanta gente, te digo que es la inclusión, porque ahí vivían tres generaciones juntas y para nosotros era muy natural. Los niños, que éramos nosotros, los jóvenes que eran nuestros padres, y los adultos, mis abuelos y otros tíos, cada uno tenía un pensamiento político y religioso completamente diferente y se podían comprender naturalmente sin peleas”, recuerda Ponce.

Otro aspecto muy interesante de las vivencias en la “Casona Sobral” era la administración económica: “Había un mueble con un cajón grande donde cada familia todos los meses ponía dinero y cuando venía el carnicero, el lechero, el querosinero o el panadero, pasaban dejaban la mercadería y se cobraban solos de ese cajón. En una libreta anotaban cuánto habían sacado y listo, cada uno hacía lo mismo, había un sistema de confianza muy grande”, detalló Adriana. Ella sostiene que su proyecto pedagógico democrático se aplicaba a las reglas de convivencia hogareña.

Y no sólo se destacaba su imponente estructura, sino también el patio interno donde los nietos tenían una “canchita” de fútbol. El ambiente estaba repleto de árboles y hasta un pequeño “departamentito donde vivía la mujer encargada de la cocina con su familia”. “Teníamos unos nogales que no están más, también mandarinos y más atrás había un depósito con toda una biblioteca repleta. Me acuerdo que estaba la obra completa de (Domingo Faustino) Sarmiento”.

La mudanza y los nuevos usos 

La familia vivió en dos etapas diferentes en la casona hasta que empezó a necesitar demasiados arreglos y refacciones. Según narra Adriana tuvieron que mudarse y la Escuela Rivadavia los ayudó prestándoles dos casas, una para su mamá y otra para su tía.

Es en este período que comienza a funcionar en el exhogar de Sobral. Después se instaló un Centro Regional con psicopedagogos, psicólogos y fonoaudiólogos que brindaban tratamientos a niños de las zonas rurales que no podían pagar por esta atención.

Más tarde volverían ambas familias a la “casa grande” como ellos la llamaban: “Volvimos porque eramos muy unidos, pero después de un tiempo mi mamá decide venderla”, recordó Ponce.

Tiempo después, la casona sería adquirida por un particular que luego la vendió al gobierno de la provincia de Córdoba. De esta gestión resultó que funcionó el Conservatorio “Felipe Boero”.

En la actualidad, el edificio es co-gestionado por la Universidad Nacional de Villa María -que la tiene en comodato- y el Municipio de la ciudad, donde funciona un espacio de muestras artísticas y oficinas del área de Cultura.

Hoy la casa de Antonio Sobral es ícono de la cultura local. Conserva el pasado intacto y por sus pasillos y habitaciones circulan todas las expresiones culturales actuales.



Rodrigo Álvarez.  Colaborador Puntal

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