El dedo índice de Feli es como el dedo de E.T: tiene luz propia en su yema izquierda. Y esa luz, que no tienen sus pupilas, es la que alumbra la escritura. Y así, como si con el dedo acariciara el pelaje de un pájaro que habla, Felipe transforma los puntos de relieve en puro lenguaje, en un fluido río de palabras que salen a la luz desde la más profundas tinieblas.
“Felipe sabe leer Braille desde los tres años -dice orgulloso su papá Javier-. Y desde muy chico tiene la máquina de escribir especial. Con esa máquina hace los deberes, llena su cuaderno y luego su seño integradora se lo pasa a la tinta”.
-¿Y con esa misma máquina Felipe se convirtió en el traductor más joven de la ciudad?
-Sí. ¿Sabés cómo fue? Ana Toranzo, que lleva adelante la heladería frente al Anfiteatro, lleva los chicos al colegio Mariano Moreno, como yo. Y un día me dijo que le interesaba implementar en su local la carta de sabores en Braile, si no sabíamos quién se lo podía hacer. Yo le contaba que era muy difícil acá en Villa María, que la impresora de la Medioteca está rota y que era ponerla en un compromiso a su maestra integradora, Micaela Fernández, que es quien le transcribe todo a Felipe. Y entonces se me ocurrió que lo podría hacer él mismo...
-¿Y se animó?
-Si hay alguien a quien no tenés que decirle dos veces las cosas esFelipe... (risas). Él me dijo no sólo que lo podía hacer sino que me propuso que lo invitáramos a Fabricio Díaz, un compañerito no vidente que va a cuarto grado a la tarde. Y así, entre los dos, se pusieron toda la tarde del lunes feriado. El papá de Fabricio le dictaba a Fabri y yo le dictaba a Feli....
Y entonces, en plena redacción, mientras Felipe escucha con suma atención el relato de su padre y le va recordando los detalles que se olvida, le pregunto al niño por la carta más rica de la ciudad.
-¿Te resultó difícil escribir los gustos de los helados?
Felipe: -¡Para nada! Escribí los gustos pero también cómo estaba hecho el Chocolate Brownie... Él me dictaba...
Javier: A la cartilla todavía no la terminamos. Pero apenas esté lista, Ana la llevará a anillar y estará a disposición del público...
-¿Y qué pensaste de la propuesta de Ana?
Javier: -Me pareció una iniciativa genial, porque es algo inédito en las heladerías de la ciudad. Mirá, “Bambina” Zabala, que es la profesora de Braille de la Medioteca, me dice que sólo va a comer a “Tercer Tiempo” porque es el único restobar que tiene la carta en Braile. Y el caso de las heladerías es igual. Cada vez que un no vidente quiere un helado, le pide al empleado que le lea la lista de sabores. Un amigo, Ale Saracho, hace eso. Y cuando terminan de leerle los cien gustos pide frutilla y granizado (risas). Pero lo hace a propósito, para que vean lo incómodo que es....
-La iniciativa de Ana se replicó en varios puntos del país, ¿no?
- Totalmente. Con decirte que me llamó una chica que tiene una editorial en Córdoba, Ana Clara. Ella hace una revista en Braile que se llama “Colores”. Y me dijo que se la quería enviar a Feli. ¿Sabés lo contento que se puso? También me contó que hace cuatro años presentó una carta de sabores a una heladería y no le dieron bolilla, pero que ahora se va a contactar con Ana Toranzo. También a Luis Cechini, que es disminuido visual y trabaja en Medioteca, lo llamaron de distintas heladerías para una cartilla. Y pensé que si con algo tan simple se movió tanto, cómo puede ser que no se visualice más esta problemática...
-¿Te parece que se necesita más difusión?
-¡Claro! Ahora hablan de la ideología de sexo en los colegios y está todo bien. ¿Pero quién atiende los derechos de los disminuidos visuales? Me gustaría que enseñaran Braile y lenguaje de señas en las escuelas, porque en algún momento de tu vida lo vas a necesitar para comunicarte con alguien... A este respecto, Ana me dijo algo muy importante cuando empezamos a charlar sobre el cartel: “Es cuestión de ponerse en la piel del otro”. Y eso es lo que siento que está faltando.
Un sumerio en Villa Nueva
Felipe nació ciego, producto de una “retinopatía de bebé prematuro” que él mismo me explica. Sin embargo, y merced a la preocupación de sus padres, tiene su agenda plagada de actividades: canto, piano y violín (su preferido es el piano). “Con sus amigos, la relación no es fácil -me cuenta su papá-. Si bien lo invitan a los cumpleaños, los chicos de su edad tienen otras actividades. Juegan al fútbol y eso, y Feli no está en los planes. Así que cuando toca el timbre del recreo se va a leer a la biblioteca, hace los deberes y se pone a leer cuentos y poemas... Le encantan los cuentos... Yo nunca vi un chico que ame tanto la lectura. Y no le gusta que le lean otros, ni siquiera sus hermanos...”
“Mostrale el video”, le dice Gloria a Javier. Y entonces, el papá de Feli me muestra una conmovedora filmación por celular. Es Felipe leyendo un poema: “¡Qué frío, qué frío!” dice el niño. Y con la yema de su dedo lee no sólo la letra sino la música de aquella composición infantil como si fuera un pentagrama.
Ante esa maravilla he recordado que la primera escritura humana nació hace cinco mil años en Sumeria; que los “escribas” de aquella civilización estamparon sus mitos y relatos en tablillas de barro con una cuña (escritura cuneiforme); ladrillos de arcilla grabados en relieve que podían leerse con la vista y con el tacto.
Y pienso que, a su modo, Felipe es un pequeño sumerio de Villa Nueva. Uno que puede traducir lo que le dictan por la voz al texturado lenguaje de las tablillas; que puede palpar el frío del poema con su dedo pero también alumbrar palabras dormidas en la oscuridad, con su dedo como el de E.T.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.
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-¿Y con esa misma máquina Felipe se convirtió en el traductor más joven de la ciudad?
-Sí. ¿Sabés cómo fue? Ana Toranzo, que lleva adelante la heladería frente al Anfiteatro, lleva los chicos al colegio Mariano Moreno, como yo. Y un día me dijo que le interesaba implementar en su local la carta de sabores en Braile, si no sabíamos quién se lo podía hacer. Yo le contaba que era muy difícil acá en Villa María, que la impresora de la Medioteca está rota y que era ponerla en un compromiso a su maestra integradora, Micaela Fernández, que es quien le transcribe todo a Felipe. Y entonces se me ocurrió que lo podría hacer él mismo...
-¿Y se animó?
-Si hay alguien a quien no tenés que decirle dos veces las cosas esFelipe... (risas). Él me dijo no sólo que lo podía hacer sino que me propuso que lo invitáramos a Fabricio Díaz, un compañerito no vidente que va a cuarto grado a la tarde. Y así, entre los dos, se pusieron toda la tarde del lunes feriado. El papá de Fabricio le dictaba a Fabri y yo le dictaba a Feli....
Y entonces, en plena redacción, mientras Felipe escucha con suma atención el relato de su padre y le va recordando los detalles que se olvida, le pregunto al niño por la carta más rica de la ciudad.
-¿Te resultó difícil escribir los gustos de los helados?
Felipe: -¡Para nada! Escribí los gustos pero también cómo estaba hecho el Chocolate Brownie... Él me dictaba...
Javier: A la cartilla todavía no la terminamos. Pero apenas esté lista, Ana la llevará a anillar y estará a disposición del público...
-¿Y qué pensaste de la propuesta de Ana?
Javier: -Me pareció una iniciativa genial, porque es algo inédito en las heladerías de la ciudad. Mirá, “Bambina” Zabala, que es la profesora de Braille de la Medioteca, me dice que sólo va a comer a “Tercer Tiempo” porque es el único restobar que tiene la carta en Braile. Y el caso de las heladerías es igual. Cada vez que un no vidente quiere un helado, le pide al empleado que le lea la lista de sabores. Un amigo, Ale Saracho, hace eso. Y cuando terminan de leerle los cien gustos pide frutilla y granizado (risas). Pero lo hace a propósito, para que vean lo incómodo que es....
-La iniciativa de Ana se replicó en varios puntos del país, ¿no?
- Totalmente. Con decirte que me llamó una chica que tiene una editorial en Córdoba, Ana Clara. Ella hace una revista en Braile que se llama “Colores”. Y me dijo que se la quería enviar a Feli. ¿Sabés lo contento que se puso? También me contó que hace cuatro años presentó una carta de sabores a una heladería y no le dieron bolilla, pero que ahora se va a contactar con Ana Toranzo. También a Luis Cechini, que es disminuido visual y trabaja en Medioteca, lo llamaron de distintas heladerías para una cartilla. Y pensé que si con algo tan simple se movió tanto, cómo puede ser que no se visualice más esta problemática...
-¿Te parece que se necesita más difusión?
-¡Claro! Ahora hablan de la ideología de sexo en los colegios y está todo bien. ¿Pero quién atiende los derechos de los disminuidos visuales? Me gustaría que enseñaran Braile y lenguaje de señas en las escuelas, porque en algún momento de tu vida lo vas a necesitar para comunicarte con alguien... A este respecto, Ana me dijo algo muy importante cuando empezamos a charlar sobre el cartel: “Es cuestión de ponerse en la piel del otro”. Y eso es lo que siento que está faltando.
Un sumerio en Villa Nueva
Felipe nació ciego, producto de una “retinopatía de bebé prematuro” que él mismo me explica. Sin embargo, y merced a la preocupación de sus padres, tiene su agenda plagada de actividades: canto, piano y violín (su preferido es el piano). “Con sus amigos, la relación no es fácil -me cuenta su papá-. Si bien lo invitan a los cumpleaños, los chicos de su edad tienen otras actividades. Juegan al fútbol y eso, y Feli no está en los planes. Así que cuando toca el timbre del recreo se va a leer a la biblioteca, hace los deberes y se pone a leer cuentos y poemas... Le encantan los cuentos... Yo nunca vi un chico que ame tanto la lectura. Y no le gusta que le lean otros, ni siquiera sus hermanos...”
“Mostrale el video”, le dice Gloria a Javier. Y entonces, el papá de Feli me muestra una conmovedora filmación por celular. Es Felipe leyendo un poema: “¡Qué frío, qué frío!” dice el niño. Y con la yema de su dedo lee no sólo la letra sino la música de aquella composición infantil como si fuera un pentagrama.
Ante esa maravilla he recordado que la primera escritura humana nació hace cinco mil años en Sumeria; que los “escribas” de aquella civilización estamparon sus mitos y relatos en tablillas de barro con una cuña (escritura cuneiforme); ladrillos de arcilla grabados en relieve que podían leerse con la vista y con el tacto.
Y pienso que, a su modo, Felipe es un pequeño sumerio de Villa Nueva. Uno que puede traducir lo que le dictan por la voz al texturado lenguaje de las tablillas; que puede palpar el frío del poema con su dedo pero también alumbrar palabras dormidas en la oscuridad, con su dedo como el de E.T.
Iván Wielikosielek. Redacción Puntal Villa María.

