Este fenómeno refleja no sólo una estrategia de supervivencia frente a la inflación, sino también una tendencia que podría tener serias consecuencias en la salud nutricional de la población.
El estudio advierte "una marcada subalimentación en rubros esenciales como frutas, verduras y lácteos, productos clave para una alimentación equilibrada".
En contraste, "se detecta una sobrealimentación en el consumo de harinas, panificados y azúcar, lo que eleva el riesgo de enfermedades crónicas como la obesidad, la diabetes tipo 2 y problemas cardiovasculares".
Especialistas consultados por el Ietse señalaron que esta reconfiguración de la dieta responde a una lógica económica: los hogares priorizan alimentos más rendidores y accesibles frente a la pérdida del poder adquisitivo. Sin embargo, el impacto a largo plazo podría ser severo, sobre todo en niñas, niños y adultos mayores, que requieren una nutrición más variada y rica en micronutrientes.
Desde el Centro de Almaceneros advierten que "este fenómeno se profundiza mes a mes, y destacan la necesidad urgente de políticas públicas que garanticen el acceso a una canasta básica nutritiva y equilibrada".
Por este motivo, crece la malnutrición en los hogares argentinos: más harinas y azúcar y menos frutas y lácteos, lo que lleva a una inseguridad alimentaria en dichas familias.