En los primeros 11 meses del año, el complejo oleaginoso-cerealero, incluyendo allí biodiésel y derivados, alcanzó una liquidación de 36,7 mil millones de dólares, a lo que deben sumarse todas las demás cadenas del agro, entre ellas las cárnicas, lácteas o economías regionales, por ejemplo, para tener el aporte total de dólares del campo que este año superaría los 45 mil millones, la cifra del último préstamo del FMI. Eso sería un récord absoluto que de todos modos no permitió disipar las tormentas por falta de dólares que atravesó la Argentina este año.
Según el último monitor de exportaciones que elabora semestralmente la Fundación Fada, en la primera mitad del año las 10 cadenas más relevantes del agro inyectaron 31 mil millones de dólares, representando el 70% de las exportaciones nacionales en ese período. A la cabeza fue una vez más, y con comodidad, la cadena sojera que explicó el 39% de los billetes verdes. En segundo lugar, y en alza, la cadena del maíz, con casi el 15%. Más atrás se ubicó el trigo, con el 11,9%. Allí hay una primera alerta. Porque los datos que están surgiendo de la nueva campaña fina son decepcionantes. Mientras el año pasado se cosecharon 22 millones de toneladas en el país, ahora sólo alcanzarían a 14 millones, o tal vez un poco menos. Eso hace que, partiendo de la base de que 6,5 o 7 millones son para consumo interno, las exportaciones caerían fuertemente con respecto al último año. El año pasado “sobraban” 15 millones, mientras que ahora sólo serían 7 las “exportables”. La mitad. Eso ya es una realidad, y no una posibilidad porque las cosechadoras ya están hace semanas trabajando en los lotes y los rindes están muy por debajo de los históricos, en aquellos lugares en que el cultivo puede cosecharse. En Córdoba, por ejemplo, las estimaciones siguen a la baja. A fines de octubre, la Bolsa de Cereales provincial calculó que se obtendrían 1,041 millones de toneladas de ese cereal, pero en su nuevo pronóstico bajó a 946 mil. El año pasado el volumen de trigo superó los 4 millones de toneladas. Es decir que este año se alcanzaría el 23% de la última cosecha en la provincia. Eso significa un valor bruto de casi 1.000 millones de dólares menos. Con estos datos, Córdoba explicaría buena parte del recorte de dólares que tendría Argentina en materia de trigo esta vez.
Pero no es lo único. La fuerte sequía, que se viene extendiendo desde el invierno, continuó durante la primavera y ya empieza a proyectarse en el verano, impacta en todas las producciones, no sólo de granos.El deterioro de los indicadores productivos de la ganadería ya es un hecho. Los índices de preñez, pariciones y destetes verán un marcado deterioro a partir de ahora. Eso anticipa que la producción de carne también se verá afectada en su volumen.
Y lo que está en su proceso de inicio es la campaña gruesa, llegando a mitad de diciembre, lo que implica también un escenario adverso debido al retraso de la siembra. Tanto maíz como soja debieron esperar más de la cuenta para avanzar en la región central del país. En cada lluvia hubo “pulsos” de implantación, pero que debieron ser suspendidos rápidamente por las sucesivas olas de calor que absorbieron la humedad de los suelos e impidieron la continuidad de las tareas.
Por eso la semana pasada, la Bolsa de Comercio de Rosario aseguró que la campaña gruesa 2022/23 está en peores condiciones que la de 2008/09, que el campo recuerda aún como una pesadilla.
Es por eso que ante un año como el actual, con un aporte de la agroindustria récord de poco más de 45 mil millones de dólares y la necesidad del Gobierno de lanzar dos programas de incentivo a la liquidación de soja (dólar soja I y II) porque esa inyección de fondos le resultó insuficiente, la pregunta lógica es qué pasará en 2023 cuando ese ingreso sea mucho menor. Y ya hay estimaciones al respecto. La propia Bolsa de Comercio rosarina planteó un escenario “optimista” en el que habrá un recorte de 10 mil millones de dólares frente a este año; un intermedio de 12 mil millones menos y un pesimista de 15 mil millones. A medida que las lluvias siguen demoradas y las olas de calor persisten, el pronóstico más real empieza a ser el intermedio o el pesimista.
A eso se suma que ante un escenario de escasez, programas de excepción, como el dólar soja, no tendrían tanto éxito porque si no hay existencia no hay liquidación posible. Pero hay que agregar un dato que no debe pasar por alto: el calendario electoral. El economista jefe de Fada, David Miazzo, planteó en los últimos días que además de menos granos, puede haber una reacción típica de años electorales: que a medida que se acerque la fecha de votación comience a demorarse el ritmo de venta de granos. Eso ya se vivió en otras ocasiones similares y la razón no es otra que cierta cautela al menos hasta conocer las políticas de parte de la nueva gestión. Por lo cual, los últimos meses de los gobiernos suelen ser con menos liquidación que lo habitual.
Todo esto siempre pensando en el sector externo. Pero si la campaña de maíz y de soja recorta significativamente su volumen, el efecto sobre la actividad económica será ineludible. Menos toneladas para transportar, menos combustible, menos recambio de cubiertas, menos comidas en la ruta que se venden, menos servicios de cosecha, entre muchos otros “menos”.
Si eso se consolida, el interior productivo puede sentir el cimbronazo. Así como cuando al campo le va bien se beneficia de los aportes, cuando le va mal el arrastre a la baja es insalvable.
Por eso, más allá del crecimiento que muestran algunas actividades productivas en el país, como puede ser la industria del conocimiento, el sector energético o la minería, el grueso de la economía nacional depende aún de las condiciones climáticas: si llueve o no llueve, si hace calor o hace frío. Y cuando corre el tercer ciclo de Niña con precipitaciones escasas, las posibilidades de quedar a la intemperie se acrecientan.
Por eso el escenario 2023 no asoma auspicioso y más bien ya plantea desafíos que podrían ser mayores que los de 2022 en materia económica. Y que por el resultado del campo es posible que además la actividad decaiga y finalmente pueda ingresar en zona recesiva. Nada bueno para un oficialismo que va a las urnas.

