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"La pandemia es un problema político, pero político-sanitario"

El filósofo y biólogo Guillermo Folguera es autor del libro "La ciencia sin freno". En diálogo con Puntal, analizó la actualidad de la comunidad científica, los usos de las tecnologías y el impacto que ha tenido el Covid-19.

El filósofo y biólogo Guillermo Folguera es autor del libro “La ciencia sin freno. De cómo el poder subordina el conocimiento y transforma nuestras vidas”, en el que aborda un análisis de las ciencias y tecnologías en la actualidad. En diálogo con Puntal, analizó el contexto de la pandemia y propuso el debate de cuáles son las ciencias que tenemos en Argentina y cuáles queremos tener.

Folguera trabaja desde hace más de veinte años con problemáticas socioambientales en Argentina, fue integrante del Grupo de Reflexión Rural (GRR) y actualmente se desempeña como investigador de Conicet y docente en la UBA. Además, forma parte del Grupo de Filosofía de la Biología, en el que abordan numerosas problemáticas ambientales y sociales.

“Al libro lo comencé hace varios años con la preocupación de que los temas de ciencia y tecnología nos afectan de diversos modos y, sin embargo, socialmente y, a diferencia de otras temáticas, a mis ojos se discuten muy poco”, aseguró Folguera, que agregó: “Cuando se lo hace, se hace mal, como con el tema de las vacunas, que presenta un debate muy dicotómico y poco problematizador. Por eso, hace más o menos cinco años, cuando comencé la elaboración del libro, pensé en hacer un libro que aporte elementos para la discusión sin que implique bajar el nivel y poder llegar a un público lo más general posible”.

Del mismo modo, sostuvo que intentó con “La ciencia sin freno” plantear los elementos para este debate: “Siento que el libro recupera una experiencia mía de unos veinte años de militancia y de trabajo filosófico y científico sobre estos temas, desde ejes que creo que en gran medida aportan a esta discusión más general”, precisó.

- Por tu formación, se presenta un análisis muy particular que combina la biología con la filosofía.

- Sí, pero lo que me empezaba a pasar cuando escribía es que ese híbrido que se genera, que incluye muchas cuestiones literarias y cinéfilas con las que busco problematizar, puede brindar un discurso que a quien lo lee le resulte ajeno. Soy profesor en la Universidad de Buenos Aires en Historia de las Ciencias y los dos primeros capítulos del libro son fuertemente históricos; intento recuperar la historia que es clave para entender el presente, pero después me concentro en hechos cotidianos.

- ¿Esto puede servir para invitar al debate a quienes somos ajenos al mundo de las ciencias?

- Sí, fue una preocupación que tuve en un inicio: que la parte científica quedara muy técnica y la filosófica muy oscura, que son dos de los riesgos que tiene el lenguaje. En todo momento traté de trabajarlo sin perder de vista los ejemplos, como un modo de dar algo de teoría y hacerlo palpable desde el ejemplo; y también fue muy importante el trabajo con gente cercana, de distintas trayectorias, que fueron leyendo el libro en su totalidad o en parte, como hice con comunidades que están trabajando en territorio, y tratando de ver qué se entendía. Esto es parte del problema, la cuestión científica llevada tanto al plano técnico creo que aleja a la ciudadanía de la discusión de esos temas, como si fuera sólo para expertos, aun cuando acá no se trata de cómo una ciencia valida su saber sino de cómo se aplican políticas públicas, para lo que es clave que se entienda lo que es un transgénico, lo que es una vacuna, qué es el cianuro en el agua, cosas que nos pueden estar pasando y moldeando nuestra cotidianeidad.

- En el libro se hace una fuerte crítica al mundo de las ciencias y, tanto desde tu militancia como desde la de otros científicos que mantienen una lucha territorial, da la idea de que en realidad no está todo perdido, que no todo es el mundo empresarial. ¿Lo ves de este modo?

- Creo que las ciencias y tecnologías, como muchos otros campos, son terrenos de disputas que no sólo no están perdidos, sino que en ellos veo algunos signos muy positivos. Lo que reconozco, en cuanto a sesgos de la comunidad científica argentina en particular es que hay dos o tres elementos que son importantes para analizar: cuando Lino Barañao se hace cargo del Ministerio de Ciencia y Técnología intenta fortificar el perfil empresarial de la comunidad científica y creo que la comunidad se desmarca de esa trayectoria, no tanto por una politización de la práctica o con una mirada crítica de la cuestión empresarial, sino que lo hace porque arrastra una trayectoria muy iluminista, en torno a una ciencia romantizada, lo que arroja un tercer actor, que es el de una ciencia que cree que su saber es neutro. Reconozco que la comunidad científica actual, sobre todo de los pibes y pibas con los que trabajo y a los que les doy clases en la facultad, es que están trayendo más fuerte una pregunta: ¿ciencias y tecnologías para qué y para quiénes? Esto habilita un cuestionamiento ético y político, yo les tengo mucha esperanza a las generaciones más jóvenes, que pueden dar curso a un planteo ante las definiciones de políticas públicas de qué ciencias y tecnologías tenemos y cuáles necesitamos.

- En este sentido, se presenta un nuevo debate, que es planteado en el libro, sobre cuál es la jerarquización que se hace de los saberes y las ciencias.

- Es algo clave, hay que comprender que las ciencias son plurales, y aun pensando en un escenario de perspectivas epistémicas, de lo que se sabe y cómo se sabe, nos pueden dar contradicciones. La pregunta es qué hacer ante estas contradicciones. Si yo voy a un río contaminado, ¿a qué ciencias convoco? ¿A las toxicologías, a la biología del comportamiento, a la hidrogeología? Campos que pueden decirme algo y que en muchos casos me podrían dar información contradictoria. ¿Pero cuáles se tienden a convocar? A aquellas que minimizan la detección de riesgos, eso no es casual, tiene que ver con un negocio empresarial. Lo mismo que con otros campos más distantes, si es que se incluyen a las ciencias humanas: cuando un niño no presta atención en la escuela se puede convocar a las neurociencias, al psicoanálisis, a la sociología, la antropología y ahí no sólo tengo una cuestión de valores analizados diferentes.

- ¿Hay un menosprecio de las ciencias humanas?

- Es que la diversidad científica se tiende a eliminar, mediante la ponderación de ciertos campos del saber, las reducciones, priorizando aquellas ciencias que dan beneficios empresariales, hay muchas estrategias en las que se usan a las mismas ciencias para silenciar a las comunidades en los territorios, que también es un tema fundamental y que es un eje clave para dar la discusión de qué ciencias tenemos y cuáles queremos.

- En los últimos años el Estado se jactó de cómo se fueron repatriando muchos científicos argentinos y, entendiendo que la gestión de Mauricio Macri descuidó mucho estos espacios de trabajo, en la actualidad los investigadores siguen sufriendo la falta de acompañamiento, empezando por los sueldos.

- Es interesante hacer un análisis de las cuestiones, porque en una discusión general las claves se limitan a cuestiones presupuestarias y salariales, que evidentemente es un aspecto necesario pero no suficiente. En estos términos, claramente los gobiernos del kirchnerismo superaron con creces al macrismo, que cerró la canilla de Ciencia y Tecnología. En lo que es gradación salarial, este año ha sido terrible como para cualquier trabajador del Estado y en ninguno de los dos casos, ni kirchnerismo ni macrismo, se abrió la pregunta política de ¿qué ciencias tenemos y cuáles queremos? Siempre se acudió a un discurso neutro que tendió a favorecer mucho el negocio empresarial, que en el macrismo implicó un desmantelamiento activo de las ciencias y en el kirchnerismo se fogonean figuras como la de Hugo Sigman, que mientras promueve el trigo transgénico resistente a la sequía y las megafactorías de cerdos que generan riesgo pandémico, promueve también el principio activo de la vacuna para pandemia. Ese cóctel sólo se puede entender en una dinámica empresarial que busca el negocio de ciertos sectores y no prioriza la salud pública.

- ¿La situación con el Covid-19 debe servirnos de una alerta para entender que se están cometiendo muchos errores y si se sigue en esta línea no será la única pandemia?

- No es una predicción, simplemente ¿qué se podría esperar de las condiciones actuales? Nuestras formas de producción están generando muchos patógenos y el uso de químicos excesivo los hace muy resistentes a los antivirales, antibióticos y fungicidas. Creo que todos los escenarios dan a plantear que el Covid-19 no es un estado excepcional, es un virus entre tantos otros que se van a generar. De hecho, en estos meses hubo muchos virus que provocaron alarma a nivel mundial: en Dinamarca, Alemania, China, Brasil, que aparecían en animales y generaban preocupación por que saltara a las personas. Hay una dinámica en la que las formas de producción se han acelerado tanto, con una lógica priorizando la productividad, por lo que no hay motivo para pensar que no se generen nuevos virus. Incluso algunos que tengan características más complicadas que las del Covid-19, que tiene una alta tasa de contagio, una mortalidad alta cuando la persona se encuentra en mal estado, pero no mata a la persona sana; me puedo imaginar virus más parecidos al Ébola, que tiene alta tasa de contagio y, a la vez, alta tasa de mortalidad con gente sana, algo que sería terrible. Es un escenario que, desgraciadamente, si no cambiamos las formas de producción y consumo, se seguirá repitiendo.

- Resulta abrumadora la desinformación en torno a las vacunas, con teorías conspirativas que han tomado las redes. Desde tu formación en el campo de las ciencias, ¿en qué no hay que caer sobre el cuestionamiento a las vacunas?

- Nunca los problemas complejos como los que estamos teniendo, por lo menos en mi experiencia, se resuelven con soluciones simples. Lo que vemos con la pandemia involucra muchas dimensiones con las que descreo cualquier solución mágica, ya sea con un único producto o una única vacuna, como a que sea a corto plazo. Se puso en juego no sólo la presencia de un virus, sino también una crisis de los sistemas hospitalarios, un estado de salud mundial deplorable, efectos claros de lo que han sido las políticas neoliberales. Políticas que en nuestra región aplicaron no sólo los gobiernos neoliberales sino también los llamados progresistas. Creo que hay que trabajar sobre los grises, entender que la vacuna no es la solución mágica y que está exenta de negocios y, en paralelo, no negar el escenario preocupante, en el que todos tenemos a un familiar o amigo que ha fallecido, que tiene que ver con una forma de ver y querer resolver los problemas de manera extremadamente simplista. Todo es totalmente verdadero o totalmente falso y en esa clave parece develarse todo. No hay dudas de que la pandemia es un problema político, pero político-sanitario.