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Entrevista a Jorge Cappato: "Argentina necesita modificar sus hábitos de producción y consumo"

El reconocido ecologista santafesino analizó el contexto actual en la pandemia por el Covid-19 y se refirió a los problemas que genera la concentración de la población en las grandes ciudades. Cuestionó, además, el uso de las ciencias y las nuevas tecnologías.

El ecologista santafesino Jorge Cappato, Premio Global 500 de Naciones Unidas en la Cumbre de la Tierra, en Río de Janeiro 1992, ha escrito a lo largo de la crisis desatada por el coronavirus una serie de textos que fueron publicados en su Facebook bajo el título “Lecciones de la pandemia”. Allí analiza cuestiones vinculadas a los hábitos de vida, producción y consumo, como parte de un contexto que ahora ha hecho tambalear la civilización, pero sobre los que se viene alertando desde hace años.

En diálogo con Puntal, el especialista se refirió a la realidad actual y a cómo podría ser el escenario que se avecina. Consultado sobre el impacto que ha tenido la pandemia a nivel social y sobre la necesidad de cambiar estilos de vida, Cappato consideró que “hay una gran mayoría a la que se le ofrece y acepta como siempre, las “soluciones” fáciles, simplistas y, como diría H. L. Mencken (periodista norteamericano), equivocadas”.

Cappato destaca que la pandemia permitió ratificar que las ciudades no son el mejor lugar para vivir. “Ya en la Edad Media el hacinamiento, la basura y las ratas llevaron de golpe a la tumba a la mitad de la población de Europa. Con los años, los sistemas de alcantarillas y cloacas mejoraron un poco la situación, pero el siglo XIX nos encuentra con megalópolis irracionales: Sao Paulo, Tokio, México DF, Delhi, Pekín, Buenos Aires-Conurbano, que superan los 15, 20, 30 millones de personas, configurando situaciones inmanejables”, destaca el especialista.

En este sentido, hace referencia a las condiciones en las que se vive en estas megaurbanizaciones, e indica que la mayoría de las situaciones más graves por Covid-19 se han dado precisamente en estos conglomerados. Por ejemplo en el norte hiper-industrializado y contaminado de Italia. “Los pueblos rurales en cambio tienen acceso al sol, aire limpio, mayor posibilidad de cultivar alimentos propios, y en general disponen de recursos naturales y alimentos propios que pueden mejorar su calidad de vida –aún con bajos ingresos económicos”, señala Cappato. Haciendo una comparación entre la pandemia en India y en otros países, destaca que el 70% de la población hindú vive todavía en áreas rurales. “Además, si bien India ocupa un lugar alto en la cantidad de muertes por la pandemia, cuando se divide por la población total de 1.300 millones de habitantes, los casos por millón de habitantes son muchísimos menos que en España o Francia, p.ej, con una población 25 veces menor”, aclaró.

Señaló, en este sentido, que la población de Argentina se encuentra ante una necesidad imperiosa de modificar sus hábitos de producción y consumo. “La distribución de la población argentina, con casi el 70% viviendo en ciudades, se encuentra en las antípodas de India. En la India finalmente no ocurrió una catástrofe como algunos anticipaban cuando me encontraba allá, al inicio de la pandemia. Hoy India tiene uno de los registros más bajos del mundo de casos diarios de infectados de coronavirus. Una posible explicación es que la mayoría vive todavía en aldeas, tienen su huerta, sus gallinas, toman leche de una vaca que no está medicada, la mayoría es vegetariana; además no hay tasas de obesidad como en los países occidentales, prácticamente no hay adicciones, y a pesar de que el sistema de salud pública tiene sus problemas, como también los tiene el nuestro, la cultura está muy ligada a medicinas ancestrales preventivas como el Ayurveda; y en general, con excepción de las grandes ciudades, tienen un ritmo de vida y un trato social más amigable”, describe Cappato.

- En sus escritos destaca la importancia de mirar a las culturas orientales en general para encarar nuevos estilos de vida.

- Claro, es muy interesante el caso de Japón, que se empezó a occidentalizar después de la Segunda Guerra Mundial y hasta ese momento no tenía enfermedades que luego se dieron con la difusión de la dieta occidental. El caso más notable son los japoneses que adoptaron la comida chatarra cuando fueron a vivir a los EE.UU. y comenzaron a desarrollar cáncer de colon, diabetes e infartos, cuya tasa era bajísima cuando estaban en su país con una dieta tradicional, macrobiótica.

“Para las filosofías de oriente cada crisis es un problema que lleva implícita una oportunidad. Por ejemplo, una enfermedad puede verse como un valioso aviso para cambiar de una vez por todas los malos hábitos que llevaron a ella. Esta oportunidad, la de la actual pandemia, es muy valiosa entonces para reconsiderar por dónde y hacia dónde vamos. Para estar mejor preparados (me refiero al estado de nuestro cuerpo-mente, a nuestros sistemas vitales, al sistema inmune)”, dice Cappato en uno de sus escritos. Y agrega: “Porque nada garantiza que las próximas pandemias no sean peores. Ahora mismo hay otras pandemias de las que no se habla suficiente pero cuyo peligro es altísimo: p.ej las ‘superbacterias’, resistentes a casi todos los antibióticos, que cobran miles de vidas cada año, una ‘pandemia silenciosa’ que vino para quedarse, como van las cosas. También frente a ellas nuestra principal defensa es el cambio profundo de hábitos que sólo nuestro conocimiento y nuestra voluntad pueden comenzar a instalar en nuestras vidas”.

- ¿Podrían compararse las pequeñas localidades rurales argentinas con las aldeas indias?

- Como hemos dicho, Argentina es al revés que India, tiene alrededor del 70% de su población concentrada en grandes ciudades: Córdoba, Mendoza, Rosario, y Buenos Aires, con esa cosa absolutamente irracional desde el punto de vista urbanístico y social que es el Área Metropolitana, el AMBA, un caldero de conflictos, con gravísimos problemas sociales, sanitarios, económicos; es el gran contrapeso del desarrollo actual y futuro de Argentina. Lo que pasa en India es que los aldeanos, a pesar de sus bajos ingresos monetarios, tienen sus propios medios de vida, tienen sus fuentes de recursos alimentarios saludables. Pero en los pueblos rurales argentinos, si bien viven apartados de las grandes urbes, muchos van a comprar al supermercado. También hay un área muy amplia del país sometida a monocultivos que requieren miles de toneladas de agroquímicos cada año, con impactos sobre la salud. Imagínese, algunos de estos químicos son inmunodepresores. No conozco que se haya hecho un estudio de la actual pandemia en Argentina en cuanto a comparar las tasas de infectados y muertes entre las 10 grandes ciudades y la población rural. Pero sí es conocido que a pesar de todo el esfuerzo que se ha hecho aquí, Argentina está rankeada muy arriba en las estadísticas mundiales: llegó a estar en el primer lugar de casos por millón de habitantes. Habría que ver cómo estamos hoy, pero básicamente en Argentina hay una base predisponente de altos índices de obesidad, diabetes, automedicación, alcoholismo, tabaquismo. También hay indicios alentadores, como el aumento del vegetarianismo, del veganismo, del consumo de alimentos orgánicos. Pero lamentablemente, aunque Argentina está en los primerísimos lugares a nivel mundial de producción orgánica, más de 95% de estos alimentos de primera calidad no los consumen los argentinos, se exportan y consumen en otros países.

- Muchos han planteado la necesidad de volver a las raíces de la cosmovisión de los pueblos originarios.

- Lo que sucede es que la mayoría de las comunidades originarias, en especial en el norte argentino, no sé cómo será en el sur, han sido culturalmente diezmadas. Sus pautas culturales y alimentarias se han perdido casi totalmente. De hecho, algunas han perdido su lenguaje, sólo hablan español. Pero, por supuesto todo lo que pueda rescatarse de estas culturas ancestrales es altamente valioso, con especial atención a toda la sabiduría que acumularon durante miles de años sobre plantas medicinales, y sobre plantas y frutos silvestres comestibles.

- En sus artículos hace referencia al lugar que tiene la ciencia en este contexto, con los “aprendices de brujos” y las “dos ciencias” (una representada por quienes no se hacen responsables del impacto que generan y otra de sectores independientes que buscan no ser “comprados” y apuestan a favor de la vida). ¿Qué autocrítica se debe hacer el mundo de la ciencia en cuanto a un regreso a valores más humanos?

- A raíz de la llegada del Perseverance a Marte analicé algunos de los principales problemas que enfrenta nuestra civilización aquí en la Tierra: el cambio climático-antropogénico, evidenciado por el incremento de los desastres climáticos como inundaciones, sequías, huracanes; el aumento de la resistencia de bacterias y virus a medicamentos humanos y veterinarios; la disposición final (no resuelta) de residuos radiactivos de actividades nucleares, y la contaminación del agua y suelos debido al uso de sustancias químicas añadidas en los procesos productivos, y la generación de residuos tóxicos, p.ej. electrónicos, a gran escala, algo de lo que poco se habla. Son cuatro graves problemas, entre otros, que están atravesados por el desarrollo tecnológico-científico. P.ej. toda la producción de energía basada principalmente del petróleo, es producto de este desarrollo. Tecnología y ciencia es un combo que va de la mano. Esto merece un gran debate. Como la responsabilidad frente a grandes fracasos de la tecnología (Chernobyl, Fukushima, Talidomida, DDT, entre otros ejemplos); es algo que tampoco se considera al momento de poner el complejo tecnológico-científico en un pedestal. También debería evaluarse el uso de los actuales recursos económicos y tecnológico-científicos de la humanidad: ¿al servicio de qué?, ¿cuáles son las prioridades?

Cappato, hablando finalmente de la pandemia actual, cita lo que se publicó en uno de los últimos números de la revista Forbes, respecto las 50 personas que más ganaron durante la Covid-19. “Da la casualidad que estos nuevos ‘multimillonarios pandémicos’, como los llama la propia revista Forbes, son los CEO o dueños de los laboratorios donde se fabrican las vacunas, insumos y medicinas para Covid-19. Es una muestra de cómo los intereses económicos atraviesan a la ciencia, que en algún momento se quiso ver como pura, objetiva e impoluta. En la práctica vemos que los desarrollos científico-tecnológicos están fuertemente cruzados por intereses, y la pandemia lo ha demostrado claramente”, sostuvo.

- Volviendo a los hábitos de consumo, ¿es posible avanzar a usos y costumbres más saludables y que convivan con la naturaleza o es algo utópico?

- Hoy es algo utópico, porque la velocidad y el empuje del modelo de desarrollo tecnológico-científico en el que estamos inmersos tiene una potencia y una inercia que es muy difícil de frenar o de cambiar la dirección en la que vamos. Y, como ha dicho un gran economista independiente, “Vamos en rumbo de colisión”. Hay un crecimiento imparable, se produce en 15 días lo que antes llevaba 10 años producir, pero precisamente ése es el riesgo, se transforma la biósfera a una velocidad y en un sentido que no permite que sea sustentable. El 2020 no sólo fue el año más caluroso en la historia de la civilización humana, también tuvo la mayor cantidad de desastres climáticos: inundaciones, sequías, tornados, tormentas devastadoras. Es utópico un cambio a escala global, que es lo que se necesita para doblar el timón, si no hay una “masa crítica” en la opinión pública, ni en los votantes. Podría haberla si los grandes medios de comunicación estuvieran colaborando dando información vital para nuestra supervivencia como especie. Si la gente en las redes sociales en vez de mandar la foto del perrito empezara a hablar de temas relevantes (salud, vivienda, educación, clima, alimentación saludable). Si la educación formal y no formal tuviera un cambio veloz, al servicio de oponerse a la marcha hacia un colapso civilizatorio. Pero es algo que no estamos viendo. Los acuerdos internacionales no se están cumpliendo. Las leyes proteccionistas del ambiente se violan impunemente. Es cierto que hay muchos cambios positivos en la población, pero sigue siendo una minoría. Insisto, no logramos “masa crítica”, no movemos la aguja, sonamos como campanas de palo y sólo en reducidos circuitos.

- Los especialistas alertan sobre nuevas pandemias quizás peores que la del Covid-19, ¿cree que es eso algo seguro? ¿Podemos prepararnos para ello?

- Sí, todo puede ser. La cuestión de un nuevo problema sanitario global ya ha sido pronosticada por los que más saben. A los que pensamos y opinamos en forma independiente nos preocupa sobre todo –insistimos– el gravísimo peligro de las nuevas superbacterias y supervirus. Estos microorganismos ultra resistentes a todo tipo de medicamentos son la consecuencia biológica inevitable de la aplicación indiscriminada de antibióticos y antivirales, tanto en humanos como en animales. Para colmo los humanos y los animales de consumo hoy están más unidos que nunca a través de los mega-criaderos de cerdos, de vacas y de aves. Antes nos preguntábamos si podría colapsar la humanidad. Si sería por el cambio climático global, por una contienda nuclear, o por la lenta pero segura intoxicación masiva con productos químicos tóxicos. Hoy nos preguntamos, además, por posibles nuevas pandemias ligadas a los supervirus o superbacterias “que supimos conseguir”. Algo que desde hace más de 10 años vienen alertando especialistas independientes como uno de los mayores peligros para el homo sapiens del siglo XXI.

“Si me pregunta qué hacer frente a todo este caos, si podemos prepararnos, le respondo sí. Podemos hacer muchas cosas, y debemos hacer algo pronto. Pero esto no es fácil y explicarlo lleva tiempo. Aun así, si hay voluntad de cambiar, cada uno puede descubrir y hacer muchas cosas. Sin esperar la pastilla, el botón o el aparatito infalibles. Lo más importante, por suerte, no se puede comprar ni vender”, concluyó Cappato.